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Chris Anderson, editor de la revista Wired y autor de bestsellers, publicó un nuevo y exitoso libro titulado “Makers”, en el que postula que la llegada de estas impresoras a todos los hogares va a provocar una nueva revolución industrial. EDICION NÚMERO 9 SEPTIEMBRE – OCTUBRE 2013.

Por Ignacio de la Vega, analista de INCompany.

 

Lo primero que usted necesita saber acerca de las ‘impresoras 3D’ es que, en realidad, no imprimen nada. Si fuéramos a usar un término que capture el proceso que realizan estas máquinas, probablemente sería ‘adicionadoras’, y seamos sinceros, eso no suena como algo que vaya a cambiar el mundo.

A diferencia de lo que hace un escultor, que retira las partes sobrantes de un bloque para dejar la forma que busca, estas máquinas depositan finísimas capas de material (de unas pocas décimas de milímetro) hasta completar un objeto.

La tecnología necesaria para este proceso ha existido por décadas, pero solo ahora su uso parece tener una oportunidad de masificarse gracias al interés de nuevos fabricantes y al despliegue en medios especializados, que han contribuido al desarrollo de una industria que, según proyecciones, moverá 3.100 millones de dólares para el año 2016, destaca Wilson Vega, Subeditor Internacional de El Tiempo.

A quienes se declaran poco impresionados con la relativa simplicidad y poco grado de detalle de las primeras ‘creaciones’, los promotores de la impresión 3D les recuerdan que lo mismo podía decirse de las primeras fotografías, o las primeras páginas web.
Pero además tiene su costado social y económico. Chris Anderson, editor de la revista Wired y autor de bestsellers, publicó un nuevo y exitoso libro titulado “Makers”, en el que postula que la llegada de estas impresoras a todos los hogares va a provocar una nueva revolución industrial. Muchos de los objetos de consumo dejarán de producirse en serie y a gran escala, en grandes fábricas, y pasarán a diseñarse y producirse en cada uno de los hogares, en forma colaborativa.
“Desde el movimiento DIY, Do It Yourself, hasta modelos como Etsy, hasta llegar a las fábricas en la nube, al Alibaba.com de Jack Ma o a los nuevos planteamientos en la industria de la automoción, incluso con derivaciones macroeconómicas de calado sobre las ventajas comparativas de los países y el peso de la mano de obra en los procesos. Está pasando algo muy, muy gordo, y este libro me ha parecido una muy buena manera de entrar en contacto y de tener algo de criterio sobre ello” destacaba Enrique Dans, Ph.D. por la Universidad de California (UCLA) y profesor de Sistemas de Información en el IE Business School

Para el autor, esto producirá una democratización del diseño y un impulso a la producción local.
Si se masifica, la tecnología de impresión 3D permitirá que en el futuro usted ‘compre’ un artículo en línea y reciba –también por Internet– los planos digitales para fabricarlo en su hogar.
De hecho, Nokia ya creó un kit para producir carcasas para sus teléfonos.

Otro camino es sencillamente escanear un objeto mediante un láser y luego imprimir una copia.
Esto promete sacudir conceptos como el de ‘inventario’, ‘temporada’ o ‘entrega a domicilio’. También el concepto de ‘original’, pues un artista, por ejemplo, podría vender los planos de su obra y dejar la producción en manos del cliente.
En sitios como shapeways.com es posible adquirir desde anillos, pulseras y tazas hasta muñecos, cuerpos para guitarras eléctricas y la máscara de Iron Man.
En otros sitios, como instructables.com, entusiastas de esta tecnología comparten sin costo los planos de sus creaciones.

Ya hay iniciativas para ‘imprimir’ en toda clase de materiales, del plástico al metal. En Harvard están usando materiales orgánicos para ‘imprimir’ comida y un método similar podría dar forma a tejidos y hasta órganos para trasplantes.
Algún día será posible comprar una impresora 3D con la facilidad con que hoy se adquieren las de 2D.
Y aunque parezcan lejanas, casi todos los productos digitales modernos se modelan primero con estas máquinas, así que es probable que alguna ya se haya cruzado en su camino.

‘Bioimpresoras’
Suena a ciencia ficción, pero con el uso de ‘biotintas’ es posible fabricar cartílago, cuero y hasta carne. La firma Modern Meadow cree que puede crear carne al ‘imprimir’ fibras usando células vivas. No sería necesario criar animales ni sacrificarlos.
Un sistema similar ya llevó a ‘imprimir’ una oreja y una tráquea para pacientes a la espera de un trasplante.

Licencia para armar
Bajo el sugestivo nombre de ‘Liberator’, esta pistola plástica tiene 17 piezas, de las que 16 fueron creadas en una impresora 3D. Dispara solo un tiro, usando una bala convencional de calibre 9 mm. Su creador, un defensor del libre porte y uso de armas, distribuyó los planos de manera gratuita a través de Internet. Hoy se consiguen versiones ‘mejoradas’ del arma.

‘Print à porter’
La modelo y bailarina Dita von Teese usó, en una gala en Nueva York, el primer vestido diseñado en un iPad y fabricado en una impresora 3D. Tomó tres meses completar este modelo, de nailon negro, que pesa seis kilos y está adornado con cristales Swarovski. Las 17 piezas del vestido están conectadas en casi 3.000 puntos articulados para permitir su movimiento.

La nueva revolución industrial ya empezó
Según el autor de La Economía Long Tail, la Web y las impresoras 3D (capaces de crear objetos) crearon un nuevo modelo en el que no hace falta la escala.
El siglo XX fue el más cómodo en la historia de la humanidad. Objetos que hace cien años significaban un gasto importante, como unos zapatos, una radio o una lapicera, se universalizaron gracias a la producción en masa. A cambio, el hombre moderno perdió originalidad. La economía de escala que había permitido llevar la lapicera hasta su bolsillo por un precio razonable era también la que exigía que miles como él compraran exactamente la misma.

Según el estadounidense Chris Anderson, esa restricción se terminó. Para el autor del best seller “La Economía Long Tail”, en los últimos diez años una conjunción de factores tecnológicos, entre los que destacan las impresoras en tres dimensiones o 3D, ha hecho posibles, y económicamente viables, pequeñas producciones industriales. No son de lujo pero sí de boutique. Su visión, detallada en un libro titulado “Creadores, La nueva revolución industrial” y publicado en EE.UU., habla de una transición: del consumo masivo del siglo veinte a la personalización de masas del veintiuno, reseña Francisco de Zárate del Diario Clarín de Argentina.

Anderson explica los factores tecnológicos que según él han hecho posible el cambio. Pueden resumirse en una frase: hoy cualquier persona con una PC conectada a Internet y acceso a una tarjeta de crédito puede convertirse en fabricante. Este sería el procedimiento, según él: con la computadora y un software de diseño que no requiere demasiados conocimientos técnicos, idea el producto desde cero o aprovecha, para replicar o modificar, alguno de los diseños que la comunidad comparte libremente en Internet. Si no tiene una impresora 3D en casa, paga online con la tarjeta para que se lo fabriquen en el taller de impresión 3D más cercano (según Anderson, en el mundo ya hay mil de estos talleres o makerspaces). Allí, las máquinas materializarán su diseño digital a un costo mucho más bajo que el de una producción artesanal. Excepto por el tiempo de investigación y preparación, ese costo por “impresión” no variará si la producción es de mil, cien, o diez unidades. Siempre será barato, aunque nunca tanto como una producción de millones basada en moldes.

La novedad no es el modelo. Hace décadas que las fábricas chinas sólo necesitan un diseño digital para ponerse a trabajar con el equivalente industrial de las impresoras 3D. Lo nuevo es su democratización gracias al abaratamiento de las impresoras, a la simplificación del software y a la posibilidad de compartir los diseños por Internet. Como dice Anderson, “las mayores transformaciones no se dan por la forma de hacer las cosas sino por cuántas personas las hacen”.

Los ejemplos con que justifica su tesis cubren un amplio espectro del mundo físico. Desde Brick Arms, una empresa que con una impresora 3D “de menos de 1.000 dólares” dio los primeros pasos en un emprendimiento de armas de juguete para Lego, hasta Local Motors, una automotriz boutique de Estados Unidos que desde plantas de cuarenta empleados piensa revolucionar al sector con autos diseñados por la comunidad.

Anderson no es el único que cree en la importancia del fenómeno. El gobierno de su presidente, Barack Obama, lanzó hace poco un programa que instalará talleres de impresión 3D en mil escuelas públicas del país. Sólo en la ciudad china de Shanghai, Anderson cuenta que se están construyendo cien talleres de impresión.

La innovación al poder
La reducción de barreras a la entrada es una fuente genuina de innovación. Si es más barato entrar, más gente prueba suerte con su idea de negocio o producto, sin tanto miedo a fallar. Internet ya lo demostró con la proliferación de las startups de servicios. Según Anderson, la transformación innovadora que recién comienza en la producción de objetos será aún mayor que la del mundo digital, destaca Francisco de Zárate.

Replicar una página de Facebook o entregar los resultados de una búsqueda en Google tienen costos muy próximos a cero. No ocurre lo mismo con la fabricación. ¿No estará limitado el alcance de esa revolución industrial por el costo de replicación?
No es en absoluto un límite. La razón es que con un objeto físico es mucho más fácil el modelo de negocio. Se lo puede tocar y pedir más plata por él, porque en el precio se incluye el costo de fabricación. Por el contrario, con los servicios digitales lo difícil es el modelo de negocio porque la gente sabe que tu costo marginal es cero. Lo único que sí es cierto es que con bienes físicos no se pueden desarrollar mercados tan rápidamente como con una aplicación exitosa de iPhone o con un sitio Web que capta a millones de usuarios en un día. Es imposible fabricar y entregar millones de productos físicos en un día, es cierto, pero aunque el crecimiento sea más lento, el tamaño final es mucho mayor.

Si en La Economía Long Tail Anderson abogaba por crear empresas capaces de satisfacer las necesidades de muchos pequeños nichos de clientes (Amazon lo ejemplificó con la inclusión en su catálogo de libros difíciles de encontrar), en su último libro declara inaugurada la etapa del Long Tail de las cosas. Si las empresas pueden fabricar sin necesidad de economías de escala, modificar un producto para satisfacer la demanda de un nicho es tan fácil como alterar su diseño digital. La máquina lo hará exactamente al mismo costo y velocidad que la versión anterior, señala Francisco de Zárate.

Adiós a China
La automatización creciente le sirve a Anderson para justificar otra de las tesis de su libro, el retorno de parte de la industria manufacturera deslocalizada en China: “El mundo quiere cadenas de producción más cortas por la eficiencia, la flexibilidad, la reducción de riesgos políticos y la protección al medio ambiente. En EE.UU. la producción local está creciendo en la misma medida en que disminuye la importancia relativa de los costos laborales en la fabricación de los productos, teniendo en cuenta que hay mercados de hasta 10 mil unidades en los que no hacen falta grandes economías de escala”.

Los bits son gratis
Otra característica que distingue a la nueva generación de fabricantes es la apertura. Siguiendo un movimiento llamado Open Hardware (inspirado en el que rige hace años para el software), muchas de las empresas comparten por Internet los diseños digitales y sólo cobran por la venta del producto terminado. Según Anderson, no es sólo altruismo o espíritu comunitario, sino la mejor forma de beneficiarse del efecto red que ya es un clásico de la Web: cuanta más gente participa en tu producto, más valor; cuanto más valor, más gente participa en tu producto.

El valor, en este caso, es claro. La comunidad puede colaborar en las etapas de diseño del producto, en la de promoción (aunque sea de forma inconsciente) y hasta en la de soporte para los clientes con dudas. El propio Anderson regula una de estas comunidades en la empresa de aviones teledirigidos que creó siguiendo los principios que defiende: “La principal motivación de nuestros miembros es que ellos mismos quieren algo, una tecnología o un producto. Nosotros hacemos que les resulte fácil adherirse a la plataforma, incentivamos que compartan sus ideas para mejorarlas y añadirlas al producto, que termina siendo mejor para todos. Lo llamamos crear la arquitectura participativa”.

Para el semanario The Economist, donde Anderson trabajó 7 años hasta su incorporación a la revista Wired en 2001, sus teorías son “un poco exageradas” pero basadas en “tendencias importantes y reales”.
¿Qué responde a los que lo acusaron de un optimismo excesivo? “Sin duda soy optimista pero la industria digital ya cambió el mundo. Con La Economía Long Tail si nos equivocamos en algo fue en subestimarla. Google basa su negocio en principios descritos en el libro, vendiendo publicidad a pequeños anunciantes. En los próximos diez años sabremos si me equivoqué. El tiempo lo dirá” responde el autor.

Funcionamiento y tipos de impresoras 3D
Pese a la gran diversidad de tipos de impresión 3D existentes, todas las impresoras comparten una característica común: el objeto se imprime capa a capa, empezando por la inferior y acabando en la superior, siguiendo el modelo del archivo previamente creado en la computadora.
Los tipos de impresión más comunes son los siguientes:
Estereolitografía: fue el primer método concebido. Consiste en la aplicación de un láser ultravioleta a una resina sensible a la luz contenida en un cubo. El láser va solidificando la resina en capas hasta que el objeto adquiere la forma deseada.
Impresión por láser: más conocido por su nombre en inglés (selective laser sintering o SLS), este método consiste en la compactación del material con el que se quiere construir el objeto que se encontrará pulverizado a una temperatura próxima a la fundición a través de la aplicación de un láser.
Impresión por inyección: muy similar a la tecnología de impresión por láser, su diferencia con ésta radica en que, en lugar de emplear un láser, el material -que estará en las mismas condiciones que en la tecnología por SLS, es decir, en polvo y a una temperatura cercana a la fundición- se compactará mediante inyección de un aglomerante (tinta).
Esta tecnología permite imprimir en color, ya que el aglomerante utilizado puede tener un color u otro.
Impresión por deposición de material fundido: este método consiste en la expulsión por parte de la máquina de un material fundido sobre un espacio plano. El material deberá ser expelido en hilos minúsculos para poder solidificarse una vez que cae en la superficie.
El expulsor se irá moviendo para que el material sólido vaya tomando la forma de cada capa.

RepRap y MakerBot
Uno de los momentos fundacionales de la revolución industrial que anuncia Chris Anderson es la aparición en 2007 de la RepRap, la primera impresora 3D popular. De ella (capaz de fabricar todas las piezas que hacen falta para su autoreplicación) nació la MakerBot, una de las principales jugadoras en el mercado actual.

Los pasos que sus creadores siguieron para poner en marcha el negocio son similares a los que Anderson propone para los emprendimientos de la nueva era industrial. Fabricada en EE.UU., fue diseñada por la comunidad y basada en Open Hardware. Además, la RepRap usa el microprocesador de código abierto Arduino para interpretar las órdenes de la PC.

En la financiación y venta del proyecto, Internet también jugó un papel esencial. Sus primeros ingresos y clientes vinieron de KickStarter, un sitio Web que sólo en 2011 recaudó entre la comunidad unos 100 millones de dólares para 12 mil proyectos. La fórmula de recaudación habitual del sitio es por ventas anticipadas: con sus aportes, los usuarios financian la fabricación del producto que les interesa y a cambio lo reciben en sus casas, a mejor precio y antes que el resto. Además de KickStarter, varios fondos de inversión se interesaron por MakerBot Industries con 10 millones de dólares.
Entre ellos, el fundador de Amazon, Jeff Bezos. MakerBot ya vendió más de 5 mil unidades a un precio que oscila entre los 1.000 y 2.000 dólares. Fabrican prototipos, juguetes y herramientas calentando plástico y depositándolo en los lugares que el software le indica.