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El mercado la ha saludado como tal, situando la cotización de la compañía en su máximo histórico y esperando expectante nuevos anuncios sobre la reorganización.
Por Enrique Dans, Profesor en Sistemas de Información en el IE Business School

 

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La noticia de la creación de Alphabet como compañía matriz que sitúa a Google y todo el resto de sus empresas bajo una estructura de holding es una de esas sorpresas que se ven en pocas ocasiones, y que supone una de las reestructuraciones más ambiciosas, drásticas y radicales que hemos visto en mucho tiempo. En muy pocas ocasiones podemos ver cómo una de las compañías más importantes del mundo lleva a cabo un cambio de semejante magnitud, que no solo implica movimiento de nombres, sino también una importante y muy significativa reorganización directiva.

Lo más interesante del anuncio es entender hasta qué punto la gestión de la innovación se ha convertido en un tema estratégico. Todo en esta reestructuración tiene que ver con ello. Entendámonos: llevo muchos años hablando y dando clase sobre gestión de la innovación, supongo que es relativamente normal que todos entendamos los cambios y tratemos de explicarlos utilizando elementos de nuestra realidad cotidiana. Desconozco si a estas alturas hay expertos financieros tratando de explicar el anuncio desde parámetros como la valoración de empresas o la evolución del precio de la acción, entendidos en marketing hablando sobre la importancia de la gestión de la marca, o fiscalistas comentando las posibles consecuencias en el ámbito impositivo, pero me temo que todos esos aspectos son completamente secundarios, simples consecuencias de un movimiento cuya razón de ser fundamental es optimizar la gestión de la innovación, tratar de encontrar una estructura que permita definir los recursos destinados a la innovación y separarlos de aquellos imprescindibles en la gestión corporativa.

El principal problema de Google, como el de todas las empresas a medida que crecen, ha sido la gestión de la innovación: a medida que la compañía ha ido evolucionando desde la startup inicial hasta convertirse en una de las empresas más importantes en el mercado y una de las que más han contribuido a definir las variables del nuevo entorno, hemos podido ver una permanente transición hacia la burocratización. Una consecuencia del crecimiento que tiene lugar en prácticamente todas las compañías, que en esta misma industria nos ha traído casos tan de libro como el de una Yahoo! que nunca fue capaz de recuperarse de ello, pero una situación en la que los fundadores y aún accionistas de referencia de la compañía no se sentían en absoluto cómodos. La gestión de una compañía tan radicalmente diversificada era una auténtica jaula de grillos, que planteaba retos enormes a la hora de administrar los recursos directivos.

Nada más acceder a la gestión, el propio Larry Page se empeñó en una cruzada reduccionista, en una poda de ininciativas que intentaba simplificar Google, marcar prioridades para ser capaz de reenfocar la compañía y evitar una difusión excesiva. El movimiento anunciado ayer es precisamente lo contrario: aceptar que la naturaleza del proyecto es una diversificación constante y brutal en función de las oportunidades que sus fundadores van encontrando para tratar de cambiar el mundo, y buscar una estructura que permita que funcionen como proyectos individuales, que optimice la gestión de cada uno de ellos.

Obviamente, el movimiento no resulta en absoluto sencillo: si lo fuese, sería algo habitual, que todas las compañías acometerían llegado un momento determinado en su historia. Pero no es así: lo normal en las compañías es crecer e ir esclerotizándose, reduciendo la innovación y concentrándose en la gestión del negocio principal. La propia dinámica de los mercados, que en muchas ocasiones he calificado como de perversa en ese sentido, tienden a conducir a ello.

Ser inversor en Alphabet no es lo mismo que ser inversor en Google, por mucho que la estructura accionarial vaya a trasponerse de esta manera. Un accionista de Google lo es de una empresa madura, con una pléyade enorme de retos que tienen mucho que ver con los movimientos de una entidad tan grande que se mueve como un elefante en una cacharrería, topándose con la legislación anti-monopolio o con los reguladores cada vez que anuncia un nuevo paso. Los crecimientos esperados que el mercado descuenta en una empresa como Google son marginales, potencialmente elevados como consecuencia del dinamismo de la industria, pero diluidos en todo lo que supone la dependencia de un modelo de negocio por todos conocido. Alphabet, sin embargo, es otra cosa: un conjunto de iniciativas capaces de hacer explotar un mercado, que no merecían verse diluidas o eclipsadas bajo el paraguas de Google. La nueva estructura las independiza de ello, les otorga una personalidad propia como proyectos a la altura del buscador, y les proporciona una gestión mucho más enfocada a sus especificidades. Dejar en manos de Sundar Pichai la gestión de Google supone, además de poner en valor un recurso previamente desaprovechado, liberar recursos de Larry Page, Sergey Brin y Eric Schmidt para dedicarse a otros temas, para centrarse en una visión de conjunto que permita emprender más cosas y dedicarse a aquello que realmente quieren hacer. “Oversee more alphas, and place more bets”. Esa es la clave que realmente permite entender el movimiento:

Decididamente, parece una buena idea. El mercado la ha saludado como tal, situando la cotización de la compañía en su máximo histórico y esperando expectante nuevos anuncios sobre la reorganización. Conociendo la compañía y la imagen que Larry Page transmite de sí mismo, el anuncio tiene todo el sentido del mundo. Ahora, queda lo más importante: pasar del anuncio a la realidad.