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Los ejecutivos cáusticos destruyen la confianza de quienes trabajan bajo sus órdenes, punzándolos con su exigencia de altos estándares, su brillante capacidad para ir hasta el fondo de cada tema, sus preguntas picantes y su habilidad para dominar cualquier conversación.

Por Katrina Burrus, fundadora de MKB Conseil & Coaching y autora de “Global Nomadic Leaders: How to Identify, Attract and Retain Them”.

2-NEWSLETTER-28-OCTUBRE-2015

Hay hongos en el bosque que lucen muy atractivos, pero hay que pensarlo bien antes de comerlos. Lo mismo puede decirse de algunos ejecutivos que brillan por su talento y por los resultados que obtienen. Resultan encantadores a primera vista, pero pueden terminar envenenando a toda una organización.

¿Recuerdan a Miranda Priestly, el personaje de Meryl Streep en El diablo viste a la moda? Llega a su oficina haciendo sonar sus tacos, con ceño fruncido y de mal humor. Le gruñe a su asistente, Andrea, personificada por Anne Hathaway, y la llama por el nombre equivocado. Andrea sabe que debe responderle en segundos para evitar ser blanco de un penetrante dardo de ironía. Miranda susurra órdenes incompletas, en un tono de voz imperceptible, y crea una terrible confusión en Andrea. Mientras que a Miranda le toma segundos balbucear lo que quiere, Andrea pasará horas tratando de interpretar el murmullo. Ese diálogo de la película, escena bastante usual en las organizaciones actuales, representa un ejemplo de liderazgo brillante, pero abrasivo.

¿Qué tienen en común Miranda Priestly y otros ejecutivos tóxicos? Básicamente, el trato con sus subordinados. Dan instrucciones breves. No se preocupan por brindar detalles adicionales. Siempre parecen tener cosas más importantes en qué pensar.
Generalmente se distinguen por una tremenda capacidad de análisis, una presencia imponente y una mente incisiva. Los que no pueden seguirlos van quedando rezagados, etiquetados como personal de “bajo desempeño”. En el mejor de los casos, quienes no logran marchar a su ritmo son dejados de lado o abandonados. En el peor, humillados.

Los ejecutivos cáusticos destruyen la confianza de quienes trabajan bajo sus órdenes, punzándolos con su exigencia de altos estándares, su brillante capacidad para ir hasta el fondo de cada tema, sus preguntas picantes y su habilidad para dominar cualquier conversación. No dejan pasar un desliz, ni permiten que caiga en el olvido. Le recuerdan el error al desafortunado autor con comentarios sarcásticos, ojos entornados y observaciones humillantes.

Existe un factor sencillo de observar para distinguir entre un líder sano y uno corrosivo. Ambos son profesionales exigentes y brillantes. Sin embargo, al fin de una conversación con el primero, uno se queda lleno de energía inspiradora y con la creencia de que puede convertirse en la mejor versión de sí mismo. Por el contrario, luego de una conversación con el segundo, uno se sentirá inservible, frustrado y humillado.

Un jefe abrasivo aprovechará cualquier oportunidad para arruinar la carrera de sus más prometedores empleados. Actuará implacablemente cuando uno de ellos se vea, por ejemplo, ante la posibilidad de presentar un proyecto frente a altos directivos de la empresa. Luego de incontables horas de preparación y noches en vela, el joven comienza a desarrollar su presentación en PowerPoint, en una sala llena. De pronto, el jefe lo interrumpe y contamina el evento con argumentos mordaces. A partir de ese instante, el empleado solo quiere salir corriendo. Apura los últimos párrafos de su discurso, mientras una creciente sensación de entumecimiento se apodera de su cuerpo y paraliza su mente. Ha sido humillado frente a todos los que consideraba importantes en la compañía.

Otra típica conducta venenosa consiste en pedir un trabajo con instrucciones incompletas y plazos imposibles. El empleado, como sabe que su superior es exigente, intenta mostrarle sus avances, pero nunca consigue “robarle” un minuto de su precioso tiempo. El jefe lo mandará a rehacer la tarea varias veces, o finalmente la hará él mismo, no sin antes hacerle notar su incorregible inutilidad.

Al igual que Miranda Priestly, un jefe corrosivo tiene un ego inflado. Trabaja en exceso, es perfeccionista, posee una inteligencia aguda y siempre cree que su forma de hacer las cosas es la única correcta. Si algún integrante de su equipo trata de ofrecer una perspectiva diferente, el ejecutivo tóxico se sentirá atacado y usará su mente brillante para mostrarle a este empleado lo equivocado que está. ¡Y cuidado si alguien lo encuentra en un error! Su contraataque será algo muy parecido al bullying. Frente a esta batería de agresiones, los sentimientos de los subordinados fluctuarán entre la ira, el resentimiento, la resistencia pasiva, el miedo y la depresión.

¿Qué pasa si un ejecutivo tóxico se enfrenta a un depredador similar? Si es un par, hará lo necesario para sacarlo de la empresa, por derecha o por izquierda. Si, en cambio, se trata de su jefe y éste le impone respeto, el personaje cáustico, para asombro de todos, se volverá obediente y hasta sumiso. En resumen, hará lo que sea para conseguir sus propósitos. Lo cual no es algo obligadamente malo en los negocios, si no fuera por la cuestionable ética de sus prácticas, que incluyen controlar, acosar, ofuscar, dictar, atacar, negar errores y romper reglas.

La solución más aconsejable para la empresa, si no quiere despedir a esa persona, es brindarle capacitación. Pero el coach deberá ser muy hábil en utilizar la propia fuerza del individuo para conducirlo a modificar su forma de actuar.

El ejecutivo tóxico orienta su energía a obtener resultados, optimizar el desempeño y aumentar las ganancias, y a la vez le gusta el control, de modo que la decisión de cambiar debe ser suya y de nadie más. Para que tome esa decisión hay que acercarle datos objetivos. Apelar a su buena voluntad no funcionará. Contestará que la compañía le paga para alcanzar resultados, no para agradar al personal. Pero si uno le brinda datos objetivos, para que su brillante mente analítica pueda evaluar las consecuencias de su conducta, la posibilidad del cambio se abre.

Estos ejecutivos son brillantes, meticulosos, se manejan con altos estándares y por lo general también son carismáticos. Todas cualidades poderosas de liderazgo, que pueden reportar altos beneficios para la empresa… siempre que estén bien canalizadas.