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El dinamismo de la industria tecnológica actúa como un imán para el talento, y genera una espiral de resultados positivos que drena los recursos de otras industrias, que tiende a hacer que aquellas personas más preparadas sientan que pueden estar desperdiciando su tiempo en empresas que no les proporcionan incentivos suficientes.

Por Enrique Dans, Profesor en Sistemas de Información en el IE Business School.

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Un interesante artículo de Venture Beat titulado “Why Wall Street talent is moving to Silicon Valley“, plantea y describe un movimiento que también llevo cierto tiempo viendo desde mi posición de profesor: cómo los mejores cerebros, las personas con talento más desarrollado o con historial más brillante parecen inclinarse progresivamente por la industria tecnológica en lugar de las industrias y las salidas más tradicionales y habituales en los MBA, como las finanzas, la banca de inversión o la consultoría.

La base del razonamiento es sencilla: industrias con un crecimiento más activo son capaces de proponer entornos más interesantes, más divertidos, más dinámicos, y por supuesto, mejores sueldos. La idea de trabajar en la industria tecnológica es la de desarrollarse en un entorno que cambia a gran velocidad, en el que resulta difícil aburrirse, en el que constantemente surgen oportunidades para el planteamiento de nuevas estrategias, y en el que una abundancia de fusiones, adquisiciones y salidas a bolsa proporcionan numerosas oportunidades de hacerse rico. Por supuesto, no es oro todo lo que reluce: hay historias de todo tipo, fracasos sonados y caídas en desgracia. Pero en general, el dinamismo de la industria actúa como un imán para el talento, y genera una espiral de resultados positivos que drena los recursos de otras industrias, que tiende a hacer que aquellas personas más preparadas sientan que pueden estar desperdiciando su tiempo en empresas que no les proporcionan incentivos suficientes.

Un drenaje de talento que actúa no solo en parámetros sectoriales, de industrias más tradicionales o aburridas hacia las más innovadoras, sino también con parámetros geográficos: en aquellos entornos que permiten que la industria tecnológica se desarrolle adecuadamente, sin someterla a reglas absurdas (o directamente a trampas asquerosas, como se hace en Europa, que pretenden supuestamente proteger a determinadas industrias de la comoditización), el talento puede verse más atraído, más incentivado. Que California sea uno de los pocos territorios que directamente prohibe las cláusulas de non-compete, por ejemplo, y que ni siquiera acepte la validez de esas cláusulas cuando el trabajador la había firmado en otro territorio, lleva indudablemente a que ese estado se convierta en polo de atracción para el talento individual. Proteger a las personas, a los profesionales, frente a proteger a las empresas. Que Silicon Valley proporcione una combinación de talento, buenas universidades, capital inteligente y un marco legal previsible y no caprichoso es una conjunción de factores que llevan ya más de una década y media funcionando, haciendo que la mayor parte de las iniciativas con capacidad disruptiva emerjan precisamente ahí. Mientras, el resto de industrias siguen tratando de perpetuar las reglas que conocieron, y los países que permiten que esas mismas industrias dicten las leyes se convierten en los lugares donde se sedimentan los trabajadores que no quieren o no saben ver más allá.

La carrera actual es por el talento. A veces, no es ni siquiera una cuestión de dinero, sino de motivación, de creerse lo que uno hace. De entender cómo aportas valor de manera directa. El talento se ve atraído por formas nuevas de hacer las cosas. Si vas a seguir haciendo lo mismo que el año anterior, el anterior y el anterior, yendo a trabajar con una manivela detrás de la espalda para darte cuerda, y sin posibilidad ni ganas de generar ideas nuevas en sectores y en países en los que únicamente aplica el “más de los mismo”, resígnate a lo que hay.