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En un mundo donde la seguridad informática es cada vez más crucial, y la guerra por los talentos de Silicon Valley se ha vuelto global, la Argentina “es uno de los mejores lugares de la tierra” donde las compañías y gobiernos extranjeros reclutan “hackers” para que les enseñen a descubrir las vulnerabilidades de los sistemas, reveló un artículo publicado ayer en The New York Times y que destaca la periodista Paula Lugones, corresponsal del diaril Clarin.

ARGENTINOS-HACKERS
“Las empresas precisan hackers para defenderse de los delincuentes y espías cibernéticos de distintos gobiernos. A medida que la infraestructura más importante del mundo ya está en la red y las amenazas de guerra se mueven al ciberespacio, los gobiernos están desesperados por tener las herramientas de los hackers”, dice el diario, en un extenso informe.

“¿Quiere aprender cómo ingresar dentro del sistema de un aparato médico o una máquina electrónica de votación? ¿Quizás un teléfono inteligente o un auto? Gracias al legado de las reglas de los militares y la cultura de romper reglas de todo tipo, la Argentina se ha convertido en uno de los mejores lugares de la tierra para encontrar gente que pueda enseñarle cómo hacerlo”, señala el artículo.

Cita por ejemplo a Cesar Cerrudo, un investigador de seguridad y hacker autodidacta desde su adolescencia en Paraná, que ganó renombre por haber entrado en el sistema de semáforos de varias ciudades en Estados Unidos. Los hackers argentinos, asegura el Times, tienen gran reputación por su creatividad. En particular por la habilidad de encontrar rápidamente agujeros de seguridad en tecnologías de uso masivo o que pueden ser utilizadas para espiar e incluso destruir las redes de computación de adversarios. Por eso hay urgencia en las empresas y los gobiernos por detectar y contratar esos talentos.

El Times cuenta que “una mezcla de ejecutivos de todos el mundo, funcionarios, contratistas y –según se rumoreaba– también espías”, se reunieron en octubre en Buenos Aires para ver de cerca lo que estaba haciendo el mundo hacker “a la Argentina” en la 11° edición del EkoParty, “la más importante conferencia del tema en América Latina”, fundada por Federico Kirschbaum y su colega Francisco Amato, ambos cofundadores de la compañía de seguridad Infobyte.

Es imposible saber cuántos hackers hay en nuestro país. “Pero Ekoparty, que llevó unas 1.600 personas este año, es ampliamente conocida por ser el mejor lugar para encontrarlos”, señala el diario, que cuenta que este evento comenzó como un pequeño encuentro de hackers que intercambiaban sus hallazgos y ahora se pueden ver a cientos de personas de entre 14 y 45 años haciendo fila para mostrar sus habilidades a ejecutivos de Silicon Valley como Synack o Deloitte, funcionarios de distintos países y contratistas que buscan talentos.

Entre los panelistas de la conferencia se presentaron hackers como Alfredo Ortega, un sureño que se llama a sí mismo “cybergaucho” y que fue capaz de romper el sistema de seguridad de voto electrónico en 20 minutos. “Casi todo lo que le des, él lo puede quebrar”, dijo Kirschbaum.

Sinan Eren, ejecutivo de Avast, una firma de seguridad de Praga, y que viene a la conferencia desde hace años, señaló al Times que “Argentina se colocó en el mapa de los países que producen los mejores hackers”. El artículo señala la famosa frase criolla de “atado con alambre” (citado así, en castellano) para describir la inventiva de los que han aprendido con muy pocos recursos. La senadora Norma Morandini dijo en la conferencia que “nosotros, que crecimos con la junta militar –que nos decía qué libros leer, qué películas mirar, a qué Dios rezar– tuvimos que aprender a movernos más allá de las leyes”. “Para nosotros, hackear se convirtió en una forma de vida”, agregó.

El artículo cita las restricciones oficiales para poder acceder a la tecnología de punta, las demoras en la aduana que impiden que ingresen los últimos dispositivos. “Muchas veces los argentinos tienen que pensar como hackers”, dice el analista político Sergio Berensztein. “Hay que hacerlo sin recursos, sin alta tecnología, con conexiones pobres”, señala. “Improvisamos soluciones creativas por ausencia de otras opciones y mucho de estos procedimientos se han aplicado a la industria”.