Compartir

Por Javier Megias

Nos pasamos media vida deseando crecer, y la otra media echando de menos la época en la que todavía no lo habíamos hecho. Y es que cuando nos convertimos en adultos, renunciamos sin darnos cuenta y de forma tácita a un montón de cosas maravillosas como jugar, vivir por el placer de ser felices, maravillarnos, descubrir el mundo… ¡menuda faena!

Sin embargo, es una elección propia, impuesta en cierto modo por la sociedad pero que en realidad depende de nosotros. Y junto con el dinero, la responsabilidad y todo lo demás que implica crecer, empezamos a perder poco a poco esa creatividad e imaginación que nos caracterizaban como niños.

Empezamos a ver siempre las cosas iguales, a hacer las cosas como se supone deberían ser y no como las imaginamos. A pintar flores rojas con el tallo verde como en el cuento de Helen E. Buckley (si no lo has leído, deberías… sobre todo si eres padre).

Y nos acabamos convirtiendo en adultos aburridos, rígidos y formales…. y sobre todo, predecibles.

Esto es en gran medida porque vivimos en una sociedad gris y lógica, gobernada por el lazo izquierdo de nuestros cerebros y en la que todo debe ser predecible, conocido y seguro, y en la que cuanto más mayores somos más “serios” se supone que debemos ser….lo que es una lástima.

Porque aunque sin duda todas esas cualidades son necesarias, también lo son la creatividad, la espontaneidad, la apertura o la imaginación… cualidades que por defecto asociamos a los niños (o a adultos de la rama de las artes, que siempre miramos un poco por encima del hombro, como si fueran materias de segunda… y nada más lejos de la realidad).

Pues yo digo que no, que tenemos que volver la vista atrás, a esa época en la que éramos niños, y recordad todas aquellas cualidades absolutamente imprescindibles, que entonces eran innatas pero que hemos ido perdiendo inadvertidamente. Hablo de por ejemplo:

1. La capacidad de asombrarnos e ilusionarnos con las cosas más nimias, sin esa mentalidad de “estar de vuelta de todo”

2. La búsqueda de respuestas que no están por defecto guiadas por la lógica… como cuando eras capaz de imaginarte 30 cosas que se podían hacer con una cuchara

3. La flexibilidad y capacidad de adaptación que nos ayudaban a sentirnos cómodos inmediatamente en casi cualquier lugar y a ser felices jugando con una caja de cartón.

4. La disposición a aceptar a todo el mundo como es… y no tratar de rodearnos de clones como nosotros. De llegar al parque y a los 10 minutos estar jugando con alguien que no conocías.

5. La libertad para expresar lo que sentimos, de reconocerlo nosotros mismos y aceptarlo. De reír y llorar sin sentirnos mal por nada de ello.

6. La sensación de que somos capaces de todo, que si nos caemos sólo hay que levantarse para volver a intentarlo. De que basta con un “No ha valido, lo repito” para volver a intentarlo sin que sea un drama.

7. La humildad para preguntar lo que no se sabe y la pasión por aprender cosas nuevas, la sensación de que te queda todo un mundo por explorar, de que eres un aprendiz.

Todas estas son cualidades que desgraciadamente hemos ido olvidando poco a poco, de forma inadvertida, o que han disminuido en gran medida. Son bajas colaterales del proceso de crecer que desgraciadamente nos hemos resignado a perder… pero que siguen ahí, dormidas.

Esperando a que las recordemos.
Pero yo no me voy a conformar. Voy a seguir aprendiendo de mi hijo, fijándome en todo lo que él tiene que yo he perdido… y me esforzaré por recuperarlo. Por intentar cumplir mis sueños, para los que ya he puesto la primera piedra. Porque hoy más que nunca necesitamos recordar cuando éramos niños, ya que la clave del futuro tal como dijo Steve Jobs es:

“Permanece hambriento, sé alocado”

 A-UN-NIÑO