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La semana pasada, Berlín no pudo evitar que el Banco Central Europeo se embarcara en un enorme programa de compra de bonos soberanos al que se había opuesto por largo tiempo.

En las próximas semanas, Alemania deberá aprobar un acuerdo con un nuevo gobierno griego que probable encontrará aún más desagradable. La alternativa es observar cómo Grecia abandona la eurozona con consecuencias catastróficas para todo el bloque monetario o ver a una Grecia humillada convertirse en un punto de referencia para los partidos no tradicionales y antialemanes a través del continente, señala Simon Nixon en The Wall Street Journal.

El BCE ignoró a Berlín tras llegar a la conclusión de que la estabilidad de la zona euro estaba en riesgo. El nuevo programa fue considerado necesario no sólo por razones económicas, sino por la señal política que envía.

De hecho, los responsables políticos del BCE no se ilusionan con la idea de que la flexibilización cuantitativa sea una bala mágica. Tienen la esperanza de haber tenido suerte con el calendario, que la combinación de menores tasas de interés y una moneda más débil junto con la caída del petróleo y un repunte del crédito bancario en la zona euro den un impulso al crecimiento este año.

No obstante, reconocen que la compra de bonos no tendrá el mismo impacto económico en la eurozona que en Estados Unidos y Gran Bretaña, dada la continuada debilidad del sistema bancario de la región y una falta de profundidad en los mercados de capitales que restringe la generación de nuevos créditos.

Lo que pesó sobre las mentes de líderes fueron las consecuencias de no hacer nada. Como el BCE lo ha advertido en repetidas ocasiones, las perspectivas de crecimiento a largo plazo de la zona euro dependen del impulso a profundas reformas estructurales de los mercados de productos, trabajo y capital, tanto en la eurozona como a nivel nacional. Pero el apoyo electoral a los gobiernos comprometidos con las reformas y la disciplina fiscal se está evaporando, mientras sus posiciones son socavadas en parte por una inflación muy baja que ha hecho que sea mucho más difícil reducir la carga de las deudas.

Esto es potencialmente desastroso para la viabilidad a largo plazo de la moneda única que, como Mario Draghi, presidente del BCE, señaló en un importante discurso el año pasado, depende de que los ciudadanos de cada uno de sus 18 Estados miembros consideren que están en mejor situación dentro de la zona euro que fuera de ella. “El éxito de la unión monetaria en todas partes depende de su éxito en todas partes. El euro es y tiene que ser irrevocable en todos sus estados miembros, no sólo porque lo dicen los tratados, sino porque sin esto no puede haber una verdadera moneda única”.

La reunión del BCE de la semana pasada se había erigido en una prueba importante de la capacidad de la zona euro para cumplir con aquel requisito básico. De haber cedido a la presión de Alemania y negarse a desplegar una herramienta legítima de política monetaria en un momento en que la eurozona está luchando para salir de una recesión y tiene una inflación que está muy por debajo del objetivo del BCE, se le habría dado la razón a los partidos no tradicionales contrarios a las reformas, y habría puesto la cohesión de la zona euro en un riesgo aún mayor.

Esa cohesión deberá enfrentar una prueba aún mayor en los próximos días. Tras las elecciones del domingo, la zona euro debe llegar rápidamente a un acuerdo con el nuevo gobierno en Atenas que sea suficientemente creíble como para evitar la fuga de capitales. Una incertidumbre prolongada podría infligir un daño masivo a la economía griega y, en última instancia, podría provocar que Grecia salga de la zona euro.
Mucho depende de cómo todas las partes se comportan en las próximas horas.

Los mercados asumen que el riesgo de que Grecia abandone el euro es pequeño, pero funcionarios cercanos a la situación no son complacientes. Algunos temen que los compromisos requeridos tanto de Alexis Tsipras, probable nuevo primer ministro de Grecia y líder del partido radical de izquierda Syriza, y otros gobiernos de la eurozona, pueden resultar demasiado difíciles.

Estas personas creen que el alivio de la deuda de Grecia se ha convertido en una necesidad política como parte del precio para persuadir a Tsipras de que cumpla los compromisos de Grecia y se comprometa a hacer más reformas.

De hecho, algunos funcionarios temen que las mayores dificultades para alcanzar un compromiso puedan estar en el lado de la zona euro. Es probable que un alivio de la deuda griega sea un desafío político no sólo para los gobiernos de los países ricos del norte de Europa, como Alemania y Finlandia, sino también para los países más pobres del este, como Eslovaquia y Estonia, cuyos ciudadanos son tienen menos capital que los de Grecia. Esto también se aplica a países en crisis como España, Portugal e Irlanda, cuyos líderes han pagado un alto precio político por sus propias políticas de austeridad y reforma ante una creciente oposición populista.

Los riesgos existen independientemente de lo que haga la zona euro. En privado, los responsables de las políticas tienen pocas dudas de que la ausencia de un acuerdo con Grecia desestabilizaría a la zona euro en forma catastrófica, y favorecería a los partidos no tradicionales. Pero un acuerdo que le significase a Tsipras un gran dividendo por sus años de oposición a las reformas y la disciplina fiscal en Grecia correría el riesgo de sembrar las semillas para la inestabilidad en el futuro, al socavar el apoyo a los gobiernos pro-reformas.

De hecho, la decisión que el BCE tomó la semana pasada no puede ocultar el hecho de que la zona euro sigue siendo un sistema inestable. Los optimistas creen que el bloque monetario puede salir adelante. Esperan que teniendo viento económico a favor este año, más el progreso en las reformas, tanto el desempleo como el peso de la deuda caerán la amenaza política de los partidos no tradicionales marginales se atenuará. El sistema gradualmente se estabilizará a sí mismo.

Otros argumentan que eso es una ilusión, que se necesita una acción más decisiva para lograr una estabilización a largo plazo. Temen que no se está cumpliendo la prueba de Draghi: que sin medidas para aliviar la carga de los estados miembros sobreendeudados, ya sea a través del alivio de la deuda, de riesgo compartido o un presupuesto central expandido, un número creciente de ciudadanos llegará a la conclusión de que estarán mejor fuera de la unión monetaria.

La semana pasada, el BCE se detuvo antes de tomar esa ruta con su programa de compra de bonos: la autoridad monetaria insistió en que los riesgos crediticios soberanos deben permanecer en los balances de los bancos centrales nacionales, en lugar de estar agrupados, y sostuvo que sólo las autoridades políticas podrían tomar la decisión de exponer a los contribuyentes a los riesgos fiscales de otros países.

¿Una decisión como esa tiene alguna probabilidad o resulta políticamente posible? Grecia será una primera prueba.

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