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Por Marcelo Elizondo, presidente de la International Chamber of Commerce (ICC) en Argentina y director de la Maestría DET en el ITBA.

Si bien el autor hace referencia a la situación de Argentina, lo dicho en este artículo puede aplicarse a la gran mayoría de nuestros países latinoamericano (Nota del Editor).

Hace 40 años Alvin Toffler pronosticó en “La tercera ola” que el mundo abandonaría los modelos basados en grandes organizaciones burocratizadas y jerárquicas y convergería en unos nuevos descentralizados, desmasificados y personalizados. Pues es lo que hoy ocurre. El planeta vive una revolución “micro”.

Hasta hace algunos lustros los grandes avances se apoyaban en hechos políticos: la postguera, la caída del comunismo, la constitucionalización y democratización, la proliferación de tratados de libre comercio.

Pero hoy el mundo es otro, impulsado por acontecimientos del ámbito privado y particular que adquieren impacto plural y transforman la vida: invenciones, innovaciones y novedades puestas en vigencia por empresas, redes de actores autónomos y lideres únicos…

Pero hoy el mundo es otro, impulsado por acontecimientos del ámbito privado y particular que adquieren impacto plural y transforman la vida: invenciones, innovaciones y novedades puestas en vigencia por empresas, redes de actores autónomos y lideres únicos (que se destacan individualmente o en asociaciones interpersonales espontáneas). Dos de cada tres de los incluidos en “The Most Influential People 2022” de la revista Time no actúan en el ámbito político: son empresarios, artistas, intelectuales o impulsores “particulares”.

El mundo no podría arreglárselas sin los avances tecnológicos, científicos, intelectuales, culturales y organizacionales que están activándose desde abajo. La energía va abandonando el “poder” (que opera de arriba hacia abajo) yendo hacia la “influencia” (que va de abajo hacia arriba). Y, como enseña Jonathan Haskell, esos motores no se asientan en meras invenciones comerciales sino que además logran escalabilidad, contagio y profundización. Y hasta se genera un nuevo derecho de propiedad: solo el amplio buen ejercicio (y no ya el formal registro) garantiza la apropiación del nuevo valor intangible (tan imitable).

Ocurre en alimentos, artefactos, fuentes de información, finanzas, entretenimiento, la cultura, la medicina, los movimientos de personas y hasta la localización funcional (más digital que territorial). Dice Daniel Miller que asistimos a un nuevo concepto de hogar, el hogar portátil (la muerte de la proximidad) que se aloja en el teléfono móvil, que hace que con el smartphone nos retiremos sin movernos (y si nos preguntamos dónde se ha ido aquel que ya no nos mira porque se inmersa en su teléfono, debemos advertir que está en contacto con alguien en su “hogar” digital, al cual prefiere en ese momento). Por eso, dice, cuando perdemos nuestro aparato somos “digital homeless”. Nada que ver con los antiguos colectivos.

En el mundo la política está siendo sobrepasada por la capacidad creadora de lo particular, pero aquella mantiene un rol: proveer instituciones que favorezcan el proceso, las que -al existir- facilitan las acciones de quienes crean y producen…

Ahora bien: ésto sólo ocurre allí donde hay una base de sustentación. Un ámbito institucional y social. En el mundo la política está siendo sobrepasada por la capacidad creadora de lo particular, pero aquella mantiene un rol: proveer instituciones que favorezcan el proceso, las que -al existir- facilitan las acciones de quienes crean y producen (que, si se encuentran en terrenos incómodos, se mudan rápido). Hay una agenda pública requerida y paralela (inclusive geopolítica).

La revolución que está teniendo lugar es “micro” pero exige de lo “macro” un amparo básico. En no pocos lugares del mundo es evidente el divorcio entre el viejo orden público -el de la “segunda ola”- y el dinamismo de la “tercera ola”. Muchos de los descontentos que proliferan en tantas capitales del planeta son ciudadanos de una nueva era apresados por un orden público anterior.

No está demás decir que, en Argentina, donde lo político funciona tan mal, el progreso -consecuentemente- se detiene. Dice Garry Gelles que ninguna plaga destruye, o empobrece, o aleja de la autorrealización a más seres humanos que la “macroplaga”. Y remite a Leonard Read (con su “macro malady”) que en “Deeper than you think” destaca que los nuevos individuos (”micro”) se ocupan adecuadamente de la escala de los nuevos problemas logrando suficiente conocimiento y capacidad para abordar situaciones y mejorarlas (frente a la reacción de gobernantes menos adaptados ante tamaña nueva complejidad). Y advierte sobre una oleada de “macroadictos” que en vano pretenden abordar problemas en planos más grandes que los que los propios aspirantes involucrados exitosamente logran (gracias a la evolución tecnológica).

Pero Argentina, mientras, sigue embarrándose en sus viejas discusiones “macro”. Y, al no resolverlas, ahoga las respuestas “micro”. Quizá por eso ya no contamos con tantos argentinos globales destacados como los que influían en el mundo hace algunas décadas. Languidece nuestra tasa de inversión, es mínima nuestra generación de patentes, nuestra participación de empresas en redes internacionales de valor es la mitad que el promedio mundial y el stock de inversión argentina en el resto del paneta no llega al 0,1% del total. Y algunos de nosotros se van.

Es vana la esperanza en la solución macro si se sigue ahogando la respuesta micro. La usina evolutiva se está mudando desde oficinas públicas a los meeting-room corporativos (muchos, digitales). Así, ¿qué es, hoy, agregar valor?: Pues en los últimos meses han sido los auriculares invisibles, un implante corporal medidor de glucosa, una cuna inteligente para dormir bebés, mesas robots hogareñas, perfumes inteligentes que cambian de fragancia, una almohada antirronquidos, lamparitas de luz de noche que miden la calidad del sueño y la nanoencapsulación para ingredientes en alimentos.

Pero nosotros seguimos idolatrando a la acción pública. Para fijar precios, autorizar importaciones, rigidizar contratos o sobrerregular teleprestaciones. Para nosotros todo es político. Es entendible que nos atraiga la (casi deportiva) lucha por el poder, pero el mundo vive de otra cosa. Aunque no es entendible que, renegando de lo nuevo reclamemos sus beneficios.

El autor de esta columna es presidente de la International Chamber of Commerce (ICC) en Argentina y director de la Maestría DET en el ITBA.

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