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En las palabras de Donald Trump, China es dirigida por una camarilla de genios que fueron más astutos que Estados Unidos al reducir la semana pasada el poder adquisitivo de sus ciudadanos mediante la devaluación del yuan, dice Mary Anastasia O’Grady en The Wall Street Journal.

DEFECTUOAS-IDEAS-TRUMP
“Nos están matando. Ahora van a quitarnos más empleos… quiero decir, es ridículo”, manifestó el precandidato republicano a Fox News el día después de que China dejara que su divisa cayera un mísero 2% frente al dólar. Posteriormente, el yuan cedió otro 1%.

Japón también es dirigido por un reducido grupo de Einsteins asiáticos, según Trump. El primer ministro Shinzo Abe “es un gran líder” que está “reduciendo tremendamente el valor de su divisa, recortando, recortando y recortando”. El resultado, explicó Trump, es que “Japón ha vuelto” a ser un país de primera importancia.

El egresado de la Escuela de Negocios Wharton, de habla imparable, no dijo qué haría si es elegido presidente si los socios comerciales de Estados Unidos anuncian una caída de sus divisas frente al dólar. Sugirió, no obstante, que la devaluación está haciendo a China y Japón más ricos y competitivos y a EE.UU. más pobre. China lo hace, a su parecer, debido a que “no nos tienen miedo”.

No se sabe si el Departamento del Tesoro en un gobierno de Trump buscaría restaurar la vitalidad económica de EE.UU. mediante un debilitamiento del dólar mayor a lo que otros países deprecien sus divisas. Tampoco está claro si como presidente simplemente trabajaría para elevar los aranceles que impone EE.UU. a las importaciones de los países que devalúan. Cualquier de las dos alternativas sería una mala noticia para los estadounidenses. El resto de América también sufriría las consecuencias si sus defectuosas posturas monetarias fueran adoptadas en la región.

Trump puede estar impresionado con la devaluación como una herramienta de política debido a que México —cuyos políticos, en su opinión, están entre los más sagaces y astutos— la utilizó durante muchos años. Sin embargo, reducir el valor de una divisa para alcanzar la prosperidad es absurdo y generaciones de latinoamericanos, no sólo mexicanos, pueden dar fe de ello. Si una “devaluación competitiva” rindiera los frutos esperados, Argentina sería el equivalente nacional de Donald Trump, es decir, un país muy, pero muy rico, en caso que usted no hubiera escuchado las constantes alusiones de Trump a su patrimonio neto.

Brasil tiene una historia parecida. Comenzó a cultivar a los ciudadanos de ingresos medios sólo después de atar su divisa al dólar en 1994 para frenar la hiperinflación. Brasil abandonó tal política en 1999, pero eso no aumentó la competitividad global de la economía. De hecho, ocurrió lo contrario. La devaluación funcionó como una forma de proteccionismo. Cuando el real se debilita, los brasileños pierden poder adquisitivo y no pueden financiar las importaciones con altos aranceles. Se ven forzados a comprar bienes de menor calidad de las ineficientes industrias brasileñas.

En 2002, Argentina puso fin a la convertibilidad, que establecía una paridad uno a uno entre el peso y el dólar, y trató de igualar a Brasil con su propia mega devaluación en lugar de liberalizar los mercados comerciales y laborales para mejorar su competitividad. Hoy, Argentina es un desastre económico con una inflación de dos dígitos.

Posteriormente, el real se estabilizó y luego se fortaleció frente a un dólar débil. Eso le otorgó poder adquisitivo a los agricultores, que mecanizaron sus operaciones al incorporar equipos importados y luego exportaron sus cosechas de soya. Los inversionistas también se abalanzaron sobre Brasil por su auge petrolero, lo cual impulsó la divisa y enriqueció al país.

Brasil podría haber aprovechado el período de altos precios de las materias primas para emprender reformas estructurales que apuntaran a seguir mejorado su competitividad. En cambio, se quejó de la fortaleza del real a pesar de que absorbía capital con las tasas de interés de dos dígitos que usaba para tratar de contener la inflación, que sigue siendo una amenaza debido a las laxas políticas fiscales.

Si China permite que el yuan caiga significativamente frente al dólar, ello tendrá repercusiones a corto plazo para sus socios comerciales en América Latina. Brasil Chile, Colombia y Perú se han beneficiado de la demanda china por su producción agrícola, forestal, pesquera y minera, además de otros commodities. A corto plazo, el debilitamiento del yuan encarecerá estos productos en términos de dólares.

No obstante, los términos de intercambio no varían. Siete rebanadas de pan siguen equivaliendo a una botella de vino independientemente de si usted gana en séqueles, pesos o quetzales. Los países pueden sentir la tentación de seguir el camino del yuan para preservar su participación de mercado, pero al reducir el valor de los salarios de los trabajadores, un banco central sólo traslada el costo de una economía poco competitiva a la espalda de los trabajadores y los ahorristas y aumenta la incertidumbre.

China dice que desea convertir el yuan una divisa internacional. Desligarlo del dólar supuestamente es el primer paso hacia tal objetivo. Pero sería más importante la completa apertura de su cuenta de capitales para que el yuan sea libremente convertible. Eso no sucede porque probablemente desataría una fuga de capitales incontrolable y exacerbaría la desaceleración de la economía. No se puede culpar a China por querer desacoplar al yuan de la inestabilidad del dólar, pero la economía china es víctima de la planificación centralizada y la ineficiente distribución de recursos que resulta de ella. La devaluación del yuan no resolverá eso.

Trump, por su parte, era más agradable cuando su campaña se limitaba a ideas “fantásticas”, “tremendas” y “geniales”. Ahora que está entrando en los detalles, está perdiendo su encanto.