La inteligencia artificial no rompió la educación: expuso una grieta que ya estaba ahí. Qué dice uno de los divulgadores más escuchados de la región sobre cómo acompañar a nuestros hijos sin pelearnos con la herramienta que ya está, de hecho, en sus manos.
Por la Redacción de ManagementSociety
Hay una escena que se repite en miles de casas de Lima, Buenos Aires o cualquier otra ciudad latinoamericana. Un padre o una madre le pide a su hijo adolescente que haga la tarea de historia, de inglés o de matemática. El chico abre el ChatGPT, copia el enunciado, pega la respuesta y entrega el trabajo en cuatro minutos. La tarea está “cumplida”. Pero, ¿aprendió algo? Esa pregunta, que hace apenas tres años hubiera sonado exagerada, hoy es la preocupación número uno de millones de familias.
El reflejo natural de cualquier padre frente a esto es el pánico, seguido de la prohibición: “no uses más el celular para hacer la tarea”, “tené cuidado con eso”, “eso te hace mal”. Es una reacción comprensible, pero según los especialistas que vienen estudiando el fenómeno hace años, es también la menos efectiva. El problema no es la herramienta. El problema es que construimos un sistema educativo entero alrededor de algo que la inteligencia artificial volvió, de un día para el otro, casi gratuito: recordar y repetir información.
El “terremoto educativo”, según Santiago Bilinkis
Santiago Bilinkis es uno de los tecnólogos y divulgadores más escuchados en habla hispana sobre el impacto de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. Fundador de Officenet, Premio Konex 2018 como una de las personas más innovadoras de la última década y coautor, junto al neurocientífico Mariano Sigman, del libro Artificial, Bilinkis lleva más de dos años recorriendo escuelas, ministerios de educación y auditorios empresariales con una idea central: lo que está ocurriendo en las aulas no es un problema de disciplina, sino de diseño.
En una charla reciente ante supervisores y directivos de escuelas públicas y privadas, Bilinkis fue contundente respecto del tamaño del desafío que enfrenta hoy cualquier docente o padre de familia.
“Tenemos ahora una herramienta que le permite a cualquier chico o cualquier chica responder cualquier pregunta de examen sin saber nada. Todo el mecanismo de cómo armamos hasta acá la transmisión de conocimiento y sobre todo la evaluación está en riesgo.”
Por eso el capítulo sobre educación de su libro lo tituló, sin medias tintas, “El terremoto educativo”, y decidió distribuirlo de forma gratuita: quería que la discusión llegara a todos los docentes, madres, padres y estudiantes, no solo a quienes pudieran comprar el libro.
La frase que mejor resume su diagnóstico es esta: si un examen puede aprobarse sin saber nada, usando el ChatGPT, el problema no es el chico que hizo trampa. El problema es el examen.
Por qué nuestros hijos sienten que “ya no hace falta estudiar”
La queja de muchos padres es muy concreta: “mi hijo cree que todo lo resuelve con la inteligencia artificial y dejó de esforzarse”. Es una percepción real y, según Bilinkis, tiene una explicación que va más allá de la pereza adolescente.
Durante décadas, la escuela funcionó sobre un contrato implícito: el valor de un estudiante se medía por su capacidad de responder bien lo que el docente preguntaba. Memorizar fechas, fórmulas, definiciones y procedimientos era, literalmente, el trabajo. Ese contrato funcionaba porque memorizar y responder bien eran tareas difíciles, que requerían tiempo, disciplina y esfuerzo genuino.
Ese contrato se rompió. No porque los chicos cambiaron, sino porque la tarea que el sistema premiaba ya no es escasa: cualquier adolescente con un celular puede acceder en segundos a una respuesta mejor redactada que la de la mayoría de los adultos. Bilinkis lo plantea como una inversión de roles que todavía no asumimos del todo.
“Ya no serán los mejores quienes sepan responder correctamente, sino quienes sepan hacer buenas preguntas. Y esta es una habilidad en la que, hasta ahora, no habíamos invertido tiempo ni esfuerzo para desarrollar.”
Visto así, que un adolescente sienta que “estudiar de memoria no sirve para nada” no es necesariamente un síntoma de desidia. Puede ser, también, una lectura bastante precisa de la realidad: en un mundo donde cualquiera puede generar una respuesta correcta en segundos, memorizar para repetir en un examen perdió buena parte de su sentido práctico. El desafío para las familias y las escuelas es redirigir ese esfuerzo hacia otra cosa, no pelearse para sostener un modelo que el propio chico percibe como obsoleto.
La explicación cultural detrás del desinterés
Bilinkis va un paso más allá y plantea que el mayor riesgo de esta etapa no es tecnológico, sino cultural. Durante años la educación se sostuvo en motivaciones externas: notas, premios, castigos, el miedo a desaprobar. Ese sistema funcionaba mientras estudiar era percibido como el único camino real hacia el progreso. Hoy, con un futuro laboral mucho más incierto y con jóvenes que ven a sus pares conseguir resultados “suficientes” sin el esfuerzo tradicional, ese incentivo externo perdió buena parte de su fuerza.
A esto se suma un problema más profundo, que según Bilinkis viene de antes de la inteligencia artificial: una educación que penaliza el error enseña, sin proponérselo, a evitar la duda y a desconfiar de la propia curiosidad. Y sin margen para equivocarse, no hay verdadero aprendizaje ni motivación interna, solo cumplimiento.
Copiarle la tarea a una inteligencia artificial no es, entonces, un comportamiento nuevo, sino una versión más eficiente de algo viejo: la desconexión entre aprobar y aprender. Lo que cambió es que ahora esa trampa es instantánea, casi invisible y está al alcance de cualquiera, no solo del estudiante con más recursos para pagar quien le “hiciera” la tarea.
Entonces, ¿prohibimos el ChatGPT en casa?
Es la pregunta que más desvela a los padres, y la respuesta de Bilinkis es clara: no. Sacar la inteligencia artificial de la vida de un adolescente hoy es tan poco realista como hubiera sido prohibir la calculadora en los años 80 o internet en los 2000. Más todavía: saber usar estas herramientas con criterio va a ser una habilidad profesional central para la generación que hoy está en la secundaria.
El verdadero trabajo de los padres y los docentes no es bloquear el acceso, sino cambiar qué le pedimos al chico que entregue. Bilinkis suele citar el ejemplo de una docente de inglés que rediseñó por completo el sentido de una tarea de escritura.
“Le pide a los chicos que hagan una redacción en inglés. Después tenían que copiar y pegar la redacción en ChatGPT para que les corrija, pero lo que tenían que entregar no era ni su versión original, ni la versión corregida. Lo que tenían que entregar era una crítica analizando qué cambios les hizo el ChatGPT, por qué creían que les hizo esos cambios y, sobre todo, si aceptaban o rechazaban cada uno de los cambios.”
Esa tarea cumple varias funciones a la vez: el chico sigue usando la inteligencia artificial —porque negarlo sería absurdo—, pero la última palabra la sigue teniendo él. Aprende que la herramienta puede mejorar su producción, y al mismo tiempo ejercita exactamente lo que un examen tradicional no exige: la mirada crítica sobre su propio trabajo.
Tres usos concretos que sí valen la pena
Más allá del diagnóstico, Bilinkis ofrece pistas prácticas, pensadas para que cualquier familia las pueda aplicar sin necesidad de ser experta en tecnología.
- Conectar lo árido con lo que sí le interesa. Bilinkis suele contar que su propia hija, mientras estudiaba la Primera Guerra Mundial y atravesaba una etapa de fascinación con el maquillaje, le pidió a la inteligencia artificial que le explicara el conflicto usando metáforas de maquillaje. El resultado conectó un tema lejano con algo que a ella sí le importaba: la misma lógica sirve con fútbol, música, series o videojuegos.
- Conversar con la historia en primera persona. En lugar de leer un resumen sobre un personaje histórico, pedirle a la IA que responda “como si fuera” esa figura. Pasar de estudiar un hecho lejano a interactuar con él cambia por completo el nivel de involucramiento del estudiante.
- Usarla para verificar comprensión, no para evitar el esfuerzo. La clave no es que el chico le pida a la IA que le resuelva el ejercicio, sino que le pida que lo evalúe: que le haga preguntas sobre el tema para confirmar si realmente entendió lo que estudió. Es la diferencia entre usar la herramienta como atajo y usarla como entrenador.
Lo que sí debería preocuparnos
Bilinkis no minimiza los riesgos. Hay evidencia de que el uso indiscriminado de inteligencia artificial —pedirle que resuelva todo, sin pasar por el esfuerzo propio— reduce la actividad cerebral asociada a la creatividad. El problema, insiste, no es la herramienta en sí, sino usarla específicamente para esquivar el esfuerzo cognitivo que es, en definitiva, lo que construye una mente capaz de pensar por sí misma.
Hay también una dimensión que mira más allá de la escuela. Bilinkis advierte que el mercado laboral ya está cambiando de forma muy concreta: empresas como Meta, Microsoft o Google contrataron a un 25% menos de recién graduados en el último año, y algunos líderes tecnológicos plantean que antes de incorporar a una persona joven hay que demostrar que la tarea no puede resolverla la inteligencia artificial. Para Bilinkis, eso refuerza todavía más la urgencia de formar chicos que sepan pensar de manera crítica y hacer buenas preguntas, no solo seguir instrucciones, porque eso último es exactamente lo que una IA hace hoy más rápido y más barato que cualquier junior.
Una guía corta para la conversación en casa
Para las familias que hoy están negociando este tema en la mesa de la cena, algunas ideas que se desprenden de la mirada de Bilinkis y que pueden ordenar la conversación:
- No pelear contra la herramienta, pelear por el criterio. La pregunta no es “¿usaste IA?”, sino “¿podés explicarme y defender lo que entregaste?”.
- Pedir el proceso, no solo el resultado. Que el chico muestre qué le preguntó a la IA, qué cambió de la respuesta y por qué, igual que en el ejemplo de la profesora de inglés.
- Premiar la pregunta, no solo la respuesta correcta. Es la habilidad que más va a valer en los próximos años, y es también la que menos se entrena en la escuela tradicional.
- Dejar espacio para el error. Un chico que sabe que equivocarse tiene costo cero en términos de afecto o de castigo, se anima a probar, a dudar y a aprender de verdad, en lugar de buscar la respuesta “segura” más rápida posible.
El verdadero desafío no es la IA, es el sistema
Tal vez la idea más incómoda —y más útil— que deja Bilinkis es esta: la crisis de la motivación por estudiar no la inventó la inteligencia artificial. Ya existía. La IA simplemente la hizo visible, masiva e imposible de seguir ignorando. Durante años funcionó un sistema que premiaba la memoria y la repetición, y que toleraba que muchos chicos aprobaran sin entender, siempre que entregaran lo que se les pedía en la forma esperada.
La buena noticia, si se la quiere ver así, es que esta crisis obliga a una pregunta que la escuela venía postergando hace tiempo: ¿qué es, en realidad, lo que vale la pena aprender cuando una máquina puede recordar y recitar mejor que cualquiera de nosotros? La respuesta probablemente tenga menos que ver con la cantidad de información que un chico es capaz de retener, y mucho más con su capacidad de pensar, cuestionar, equivocarse y volver a intentar. Esa, justamente, es la parte que ninguna inteligencia artificial puede hacer por él.
Fuentes: declaraciones de Santiago Bilinkis recogidas en entrevistas y conferencias públicas (Universidad de San Andrés, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, La Nación, Infobae/Think with Google), y de su libro Artificial, escrito junto a Mariano Sigman.







